El ser humano juzga. Siempre, casi sin quererlo. Los preceptos cristianos nos recuerdan que no debemos hacerlo o en todo caso hacerlo con benevolencia, con paciencia, pero existe en nosotros una inclinación más antigua que cualquier mandamiento: valorar a las personas apenas las vemos. Basta una mirada, un gesto, unas palabras o cierta manera de guardar silencio para que la mente empiece, sin pedir permiso, a sacar conclusiones.
Y lo más curioso es que esa percepción rara vez falla del todo.
En segundos, sin palabras ni pruebas, podemos intuir si alguien es noble o mezquino, sincero o fingido, laborioso o perezoso, inteligente o simplemente pretencioso.
No es maldad. Es ese instinto antiguo que nos acompaña como una alarma invisible, tratando de protegernos o de acercarnos a quienes inspiran confianza.
Sin embargo, hay personas frente a las cuales esa desconfianza desaparece casi por completo. Con ellas bajamos la guardia sin pensarlo. Dejamos de analizar, de medir cada gesto, de sospechar. Y no porque sean perfectas, sino porque nuestra alma las reconoce antes que nuestra razón.
Ellas son las madres.
Aunque habría que precisar, porque la madre no siempre llega con partida de nacimiento en mano. Está la madre biológica, claro, la que cargó el peso y el miedo y la alegría de traer una vida al mundo. Pero también está la que crió sin haber parido, la que eligió quedarse cuando nadie se lo exigía, la que cambió pañales y secó lágrimas y perdió el sueño por un hijo que no salió de sus entrañas sino de su decisión.
Y están las abuelas, esas madres en segunda vuelta que suelen amar con una ternura más reposada, como si la experiencia les hubiera enseñado a no desperdiciar ni un abrazo. Las tías que fueron refugio cuando la casa propia se ponía difícil. Las vecinas, las madrinas, las maestras que en algún momento dijeron las palabras exactas que una madre habría dicho. Y están también esas mujeres de hábito, rosario y manos callosas que recogen a los niños que el mundo abandonó, que no tienen hijos propios porque eligieron tenerlos a todos, que rezan por ellos de noche y los levantan de mañana y les enseñan que alguien, en algún rincón del mundo, los considera suyos.
Todas ellas comparten algo que no se aprende ni se finge: esa disposición silenciosa a dar sin llevar la cuenta. La maternidad, en el fondo, no es solo un hecho biológico. Es una forma de estar en el mundo.
Para un hijo, aunque ya cargue con años y cicatrices, una madre, siempre parece reunir todas las virtudes. Siempre es buena, sincera, invencible. Cuando se equivoca, el corazón encuentra la manera de justificarla. Cuando el tiempo le roba fuerzas, uno insiste en mirarla con una indulgencia que no concede a nadie más en el mundo. Es casi irracional. Y es absolutamente humano.
Tal vez porque las madres ocupan un lugar extraño en nuestra memoria, uno que no se puede desalojar fácilmente.
Son las manos que nos sostuvieron cuando todavía no sabíamos caminar. La voz que nos tranquilizó en medio del miedo. La persona que celebró nuestros pequeños triunfos como si fueran hazañas inmensas. Antes de conocer el mundo, conocimos su rostro. Antes de aprender a confiar en los demás, aprendimos a confiar en ella. Así funciona esa lealtad tan profunda que ni el tiempo ni la distancia consiguen borrar del todo.
Por eso, incluso el hombre más duro conserva dentro de sí una debilidad secreta cuando se trata de su madre. Puede desconfiar del resto del mundo, levantar murallas, endurecer el carácter, cuestionar intenciones. Pero frente a ella vuelve, aunque sea por un instante, a ser aquel niño que buscaba refugio en su regazo.
Y quizá ahí reside una de las pocas formas de amor verdaderamente desinteresado que todavía sobreviven: esa mirada con la que una madre contempla a su hijo, aun cuando el mundo entero ya haya dejado de hacerlo.
Feliz día a todas las madrecitas, mamitas, mamacitas, mamasotas mamámas, tías, abuelas, hermanas y religiosas que hacen las funciones de madres.
Mis oraciones para todas y cada una, pues gracias a ustedes el mundo sigue siendo bueno.
Y oraciones especiales por mi querida mamá Chabuquita por mis hermanas Alicia, Shannery, Patricia y Carmen Yonny , por todas las mamitas de mi familia que están en la tierra y por las mamitas que están en el cielo Marita, Ingrita, Margarita, Camuchita, Quintina y Josefina.
¡Bendiciones a todas!
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